jueves, 29 de agosto de 2013

Epilepsia: enfermedad o demonios (Sierra Leona III)

Algo no encajaba.
Como otras mañanas, un grupo de opotos (hombre blanco en temne) volvían, después de un paseo por Milla 91, a la Clínica Nuestra Señora de Guadalupe que las Misioneras Clarisas gestionan en el corazón de Sierra Leona. Fuera, los pacientes esperaban su turno refugiados en la sombra, varias mujeres sostenían a sus bebés enfermos en brazos, algunos niños vendían los cacahuetes que transportaban en barreños sobre sus cabezas y Lucy, la enfermera, registraba a los pacientes. Pero algo no encajaba en aquella escena que ya se había convertido en habitual.
Seke [Buenos días]
Seke
Tope ander-a? [¿Cómo estás?]
Allí estaba. La pieza que no encajaba estaba arrinconada a la sombra de un banco: un niño de unos ocho o nueve años con la ropa, el costado y el rostro llenos de arena. Parecía inconsciente, pero al acercarse a él, los opotos comprobaron que movía los ojos, aunque no respondía a ningún estímulo.
Hey! Are you ok? [¿Estás bien?]—le preguntaron, extrañados de que nadie se preocupara por el pequeño.
Don’t touch him! [¡No lo toques!]—les gritaron varios pacientes, mientras algunos se acercaban e intentaban apartarlos por la fuerza; otros, simplemente, se reían.
Los opotos, desconcertados, se apresuraron a llamar a la hermana Adriana, responsable de la misión. La monja llegó rápido, dando zancadas, y enfadada. Sin dudarlo un instante, cogió al niño en brazos y se lo llevó dentro de la clínica. “Lucy!”, gritó, llamando a la enfermera, que soportó casi sin inmutarse una sonora bronca por no haber atendido al pequeño. El volumen de la reprimenda no era un detalle menor: la hermana sólo podía regañar a la enfermera pero la bronca, en realidad, era para todos los presentes. Las risas de los pacientes se acallaron de un plumazo. 
Hasta que no entraron en la clínica los opotos no entendieron lo que acababa de ocurrir. “Epilepsia”, les dijo la hermana Adriana. “A este niño acaba de darle un ataque y ha convulsionado. Ahora se está recuperando”.



Padecer epilepsia en Sierra Leona significa sufrir no sólo una enfermedad sino el rechazo de la sociedad. En las regiones más desarrolladas existe la idea generalizada de que es una afección contagiosa y que bajo ningún concepto hay que acercarse al enfermo. Sin embargo, en las regiones rurales, donde la magia negra sigue jugando un papel fundamental, se cree que son los demonios los que se apoderan del cuerpo del enfermo y que tan sólo los chamanes son capaces de expulsarlos. Los brujos, con este pretexto, presionan a las familias para llevarse consigo a los ‘endemoniados’, incluidos los niños, y los convierten en esclavos sexuales. Aseguran que es la única forma de curarlos.
Para combatir este estigma, en 1999 se crea la ONG Epilepsy Association of Sierra Leone (EASL). Los voluntarios que colaboran con ella recorren las villas para concienciar a la población de la naturaleza de la enfermedad y para administrar medicamentos a los enfermos. “La prevalencia de la epilepsia es muy alta: existen 6.000 casos diagnosticados en un país de seis millones de habitantes”, explica Umar Kamara, enfermero y colaborador de la ONG.  
Según EASL, las causas de esta elevada prevalencia hay que encontrarlas en lesiones en el parto, infecciones en la infancia causadas por malaria, meningitis o convulsiones febriles. Además, la guerra civil que asoló el país entre 1991 y 2002 también tuvo una incidencia directa en esta casuística: las lesiones en la cabeza, ya sean con armas de fuego o machetes, no hicieron más que multiplicar los casos de epilepsia en el país
No es fácil arrancar de cuajo creencias tan arraigadas en la sociedad. Por ello, a los colaboradores de EASL los suelen acompañar enfermos que cuentan su experiencia en primera persona. Uno de ellos es Abuhman Kamara. En 1997, cuando tenía cinco años, le diagnosticaron la enfermedad. Hasta entonces, había sufrido ataques por las noches sin que sus padres pudieran encontrar una explicación. Hace tres años, sus padres enfermaron, por lo que la familia no tenía dinero para comprar su tratamiento. Desde entonces, EASL lo financia a cambio de que el chico, que tiene 21 años, cuente su experiencia. 


El niño epiléptico que había sido recogido por la hermana Adriana se repuso durante unas pocas horas en una cama de la clínica de la Virgen de Guadalupe. Cuando los opotos regresaron a la habitación para ver cómo se encontraba, el joven paciente ya se había marchado sin dejar ningún rastro.



Entrada escrita por María Jiménez, autora del blog África en portada, y por Gonzalo Araluce, del blog Meridiano Cero.

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