Hay un sueño, o más bien una pesadilla, que me persigue desde que regresé de mi último viaje a Sierra Leona. Me despierta siempre a la misma hora, a la 1.30 de la madrugada, y me mantiene en vilo durante buena parte de la noche. Me inunda el desasosiego. Haciendo un esfuerzo, obligo a mis pensamientos a echar a correr, pero la escena es más rápida que ellos, acosándome una y otra vez.
Sueño con muchos de los niños que conocí. Hay uno al que siempre veo con nitidez: un pequeño de 3 o 4 años, de mofletes regordetes y camiseta negra que vivía en una barriada de Freetown. Se despedía de mí agitando la mano, gritando repetidamente: “Bye bye!”. Podría decirse que es la inocencia en carne y hueso. “Un angelico del cielo”, diría mi abuela.
| "Es un niño de 3 o 4 años, de mofletes regordetes y camiseta negra...". G. ARALUCE |
En el sueño, noche tras noche, esos niños enferman de ébola. Mi subconsciente les condena invariablemente a esa fatalidad. Y noche tras noche, todavía dormido, me reúno con Dios para pedirle que los acoja junto a Él. Le percibo con nitidez, no con forma humana, pero sí como una sensación que me envuelve. No hay lugar para las dudas de fe o las flaquezas, porque, de algún modo, es mi espíritu el que habla, muy lejos de las fragilidades del cuerpo. “Por favor, ¡abraza a esos niños!”, grito entre sollozos. Me derrumbo sobre mis rodillas, mi cabeza toca el suelo. Insisto en mi conversación: “Perdóname. ¡Sólo Tú sabes si podría haber hecho algo más por ellos! Pero, por favor, escucha mi súplica: salva a esos niños. Ellos son la ingenuidad y la sencillez”. Las palabras “perdón” y “por favor” las repito constantemente, ahogadas por un llanto desconsolado.
Me despierto precipitadamente, con las sábanas revueltas, repitiendo las mismas consignas. Me acorralan las preguntas: Mi trabajo en Sierra Leona, ¿ha sido útil? ¿He cumplido con el objetivo de remover alguna conciencia? Y si es así, ¿esa conciencia sacudida puede cambiar lo que está pasando allí? ¿Podría haber hecho algo más?
Hay mucha gente buena. De hecho, es posible no haya gente mala, sino malas acciones. El periodista debe acercar a toda esa gente las realidades cercanas, denunciar las injusticias y concienciar de que se puede hacer algo para cambiar el mundo. El reportero Miguel Gil Moreno dio la vida por ello. Precisamente, en Sierra Leona. Quién sabe si, en un futuro, será él quien me ofrezca alguna respuesta a todas esas preguntas.
"Se despedía de mí agitando la mano, gritando repetidamente: “Bye bye!”. Podría decirse que es la inocencia en carne y hueso...".